"Las cosas que desaparecieron de nuestra infancia"
- Lic. Carolina Somoza

- hace 3 días
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Colabora: Lic. Carolina Somoza, Politóloga (UBA), diplomada en Derecho Ambiental, Derecho de personas migrantes y refugiadas y en Educación Ambiental Integral. Docente y asesora en la Defensoría del Pueblo (CABA).
No recuerdo la última vez que escuché a las chicharras cantar: Intenté reconstruir el momento, encontrar una fecha aproximada, un lugar, una mañana de verano en particular. No pude. Lo único que sé es que, en algún momento de mi niñez, las chicharras eran casi como una alarma. Estaban ahí, como los grillos, o los sapos después de la lluvia o los cielos cargados de estrellas. Eran una presencia tan cotidiana que nadie se detenía a pensar en ellas. Y quizás por eso mismo no notamos cuándo empezaron a desaparecer.

Las pérdidas ambientales rara vez hacen ruido: Nadie anuncia la desaparición de una mariposa común. No hay titulares cuando una especie se vuelve menos frecuente en un barrio o cuando un paisaje pierde lentamente parte de su diversidad. La mayoría de los cambios ocurren de manera silenciosa, casi imperceptible. Primero dejamos de ver algo. Después dejamos de extrañarlo. Finalmente olvidamos que alguna vez estuvo ahí.
Tal vez, por eso resulta tan difícil hablar de la crisis ambiental. Estamos acostumbrados a asociarla con imágenes de película: incendios forestales, inundaciones, sequías extremas, olas de calor récord. Y es lógico. Son fenómenos visibles, dramáticos, imposibles de ignorar. Sin embargo, existe otra dimensión de la crisis ecológica que se manifiesta de una manera mucho más sutil, y que es la desaparición progresiva de aquello que alguna vez consideramos normal.
No hace falta ser científico ni experto para percibirlo. Basta con conversar con otras personas y prestar atención a los recuerdos que aparecen una y otra vez.
Muchos nos acordamos de los parabrisas cubiertos de insectos después de un viaje largo por la ruta. Otros hablan de las noches de verano llenas de sonidos o de las mariposas que revoloteaban entre las plantas sin llamar demasiado la atención. Son recuerdos simples, incluso banales. Pero justamente por eso resultan tan significativos. Hablan de elementos que estaban tan integrados a nuestra vida cotidiana que jamás imaginamos que podían faltar.
Hoy sabemos que muchas de esas percepciones tienen fundamento: en los últimos años, numerosos estudios científicos han advertido sobre el declive de la biodiversidad en distintas regiones del mundo. Aunque las causas varían según el lugar, suelen combinar factores como la destrucción de hábitats naturales, el uso intensivo de agroquímicos, la contaminación, la expansión urbana y el cambio climático. El problema va mucho más allá de la pérdida de una especie en particular. Cuando desaparecen, rara vez lo hacen solos. La biodiversidad no es solamente una lista de especies. También es una experiencia.
La pregunta adquiere otra dimensión cuando observamos dónde vivimos: Argentina es uno de los países más urbanizados de América Latina. Más del 90% de su población reside en ciudades y áreas urbanas. Esto significa que la inmensa mayoría de las experiencias cotidianas con la naturaleza ocurren (o dejan de ocurrir) en entornos atravesados por el asfalto, la iluminación artificial, el tránsito y una biodiversidad mucho más limitada que la de los ambientes naturales. Para millones de personas, el contacto diario con otras especies ya no sucede en bosques, montes o humedales. Ocurre, en el mejor de los casos, en plazas, parques, jardines y pequeños espacios verdes. Allí se construyen las memorias ambientales de buena parte de la sociedad argentina.

La situación resulta todavía más significativa cuando pensamos en las niñeces. Hoy, la enorme mayoría de niñas, niños y adolescentes crecen en ciudades. Sus primeros recuerdos del mundo “natural” están asociados a paisajes urbanos y a una fauna mucho menos diversa que la que conocimos generaciones anteriores. Muchas de las experiencias que para nuestros abuelos o incluso nuestros padres (e, incluso, para algunos de nosotros) podían parecer habituales (ver luciérnagas en verano, escuchar sapos después de una lluvia intensa, observar grandes concentraciones de insectos o disfrutar de cielos completamente estrellados) son cada vez menos frecuentes para quienes nacen y crecen en grandes centros urbanos. Y allí aparece una pregunta inquietante: Qué ocurre cuando una generación entera nunca llega a conocer aquello que se perdió?.
Cuando una niña nunca se despertó por los cantos de la chicharra, no siente que le falte algo. Cuando un niño no se sentó a tomar sombra en la orilla de un árbol, difícilmente pueda extrañarlo. Simplemente asumen que el mundo es así.
Esa naturalización de la ausencia constituye uno de los efectos más profundos y menos discutidos de la crisis ambiental contemporánea. Porque no sólo modifica los ecosistemas. También transforma nuestras referencias, nuestras expectativas y nuestra idea de normalidad. Es el canto de los pájaros al amanecer. Es la sombra de un árbol maduro en verano. Es una mariposa posándose en una flor. Son pequeñas interacciones que construyen nuestra relación cotidiana con el entorno y que muchas veces pasan desapercibidas hasta que dejan de existir.

Hay otro fenómeno que también contribuye a estas ausencias silenciosas: la contaminación lumínica. Durante miles de años, la humanidad convivió con cielos oscuros. Hoy, gran parte de la población mundial vive bajo una iluminación artificial constante que dificulta la observación de las estrellas y altera el comportamiento de numerosas especies. Insectos, aves y mamíferos dependen de ciclos naturales de luz y oscuridad que se ven modificados por el brillo permanente de las ciudades. Mientras tanto, generaciones enteras crecen sin haber contemplado alguna vez una Vía Láctea visible a simple vista. Lo más inquietante es nuestra capacidad para adaptarnos. Existe un concepto desarrollado por la ciencia ambiental conocido como "síndrome de referencia cambiante" o shifting baseline syndrome: describe la tendencia de cada generación a considerar normal el estado del ambiente que conoció durante su niñez. Lo que para nuestros abuelos representaba una pérdida evidente, para nosotros puede parecer completamente natural. Y aquello que hoy nos preocupa quizás ni siquiera sea percibido por quienes nazcan dentro de algunas décadas. En otras palabras, nuestra idea de normalidad se mueve constantemente.
Cada generación hereda un ambiente algo más degradado que la anterior y, aun así, tiende a asumirlo como punto de partida. Por eso las transformaciones graduales resultan tan difíciles de percibir. No estamos comparando el presente con el pasado lejano. Lo estamos comparando con nuestros propios recuerdos, que también tienen límites.
En Argentina, este fenómeno adquiere características particulares: La transformación de humedales, el avance de las fronteras urbanas y agropecuarias, los incendios recurrentes y la fragmentación de ecosistemas han modificado profundamente paisajes que parecían permanentes. En muchos casos, los cambios ocurren de manera tan lenta que sólo se vuelven evidentes cuando alguien revisa fotografías antiguas o recuerda cómo era un lugar años atrás.
Los incendios en el Delta del Paraná, por ejemplo, no sólo afectaron la calidad del aire de millones de personas. También alteraron ecosistemas complejos que albergan una enorme diversidad de especies. Lo mismo ocurre con la degradación de bosques nativos o la reducción de ambientes naturales en distintas regiones del país. Detrás de cada transformación existe una pérdida que no siempre se refleja en estadísticas, pero sí en la experiencia cotidiana de quienes habitan esos territorios.

La nostalgia, en todo caso, puede funcionar como una señal de alerta: Nos obliga a preguntarnos qué cosas estamos dejando de ver. Qué sonidos ya no escuchamos. Qué animales se volvieron excepcionales cuando antes eran comunes. Qué paisajes consideramos normales simplemente porque no llegamos a conocer otra versión de ellos. La crisis ambiental suele presentarse como una amenaza para el futuro. Y sin duda lo es. Pero también constituye una transformación del presente. Está ocurriendo ahora, en los lugares donde vivimos, trabajamos y construimos nuestros recuerdos. Quizás por eso las pequeñas ausencias resultan tan importantes. Porque nos recuerdan que lo que está en juego no son únicamente indicadores técnicos, gráficos o proyecciones climáticas. También son experiencias humanas. Formas de habitar el mundo. Elementos que dan textura a nuestra vida cotidiana y que muchas veces valoramos recién cuando dejan de estar.
Todavía no me acuerdo la última vez que escuché chicharras. Pero cada vez que pienso en ellas me pregunto qué otras cosas están desapareciendo frente a nuestros ojos sin que lo advirtamos. Qué elementos del paisaje cotidiano se están volviendo más raros. Qué recuerdos tendrán quienes hoy son niños cuando, dentro de algunos años, intenten reconstruir el mundo de su propia infancia. Las pérdidas ambientales rara vez hacen ruido.
Tal vez por eso el primer paso para enfrentarlas sea aprender a escuchar los silencios que dejan detrás #PorUnMundoMejor.
Bibliografía:
United Nations Population Division. (2024). Urban population (% of total population), Argentina. Recuperado a través de TheGlobalEconomy. https://es.theglobaleconomy.com/Argentina/Percent_urban_population/
Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services (IPBES). (2019). Global assessment report on biodiversity and ecosystem services. IPBES.
Karr, J. R. (2021). Shifting baseline syndrome. En Encyclopedia of Inland Waters (2nd ed.). Elsevier.
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). (2024). Global Environment Outlook. Nairobi: UNEP.
Sánchez-Bayo, F., & Wyckhuys, K. A. G. (2019). Worldwide decline of the entomofauna: A review of its drivers. Biological Conservation, 232, 8-27.
Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación. (varios años). Estrategia Nacional sobre la Biodiversidad y Plan de Acción. Buenos Aires, Argentina.



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