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"Ecofeminismos para sobrevivir al presente"

  • Foto del escritor: Lic. Carolina Somoza
    Lic. Carolina Somoza
  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

Colabora: Lic. Carolina Somoza, Politóloga (UBA), diplomada en Derecho Ambiental, Derecho de personas migrantes y refugiadas y en Educación Ambiental Integral. Docente y asesora en la Defensoría del Pueblo (CABA).


Noviembre es un mes de visibilidad y acción: Cada 25 de noviembre, el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres nos recuerda que las desigualdades y agresiones por motivos de género siguen siendo parte de la vida cotidiana. Pero en los últimos años comenzó a consolidarse una mirada más amplia: las violencias no son sólo individuales, sino también estructurales, y atraviesan todas las dimensiones de la vida. Entre ellas, el ambiente (y a quienes lo cuidan) que siguen siendo mayoritariamente mujeres.

Hablar de ambiente y género ya no es accesorio en la agenda pública. Las crisis climáticas, los modelos extractivos, la contaminación y la pérdida de biodiversidad impactan de manera diferenciada según el género, la clase, el territorio o el origen étnico. Ese cruce (ese nudo donde se encuentran desigualdades ambientales y desigualdades de género) abre nuevas formas de comprender la violencia y, sobre todo, de pensar estrategias de prevención y políticas públicas más justas.

En este contexto, prevenir las violencias de género también implica mirar cómo se producen, gestionan y distribuyen los bienes naturales; quiénes sostienen los cuidados ambientales en sus territorios; y cómo se ven afectadas cuando el ambiente se degrada o cuando avanzan proyectos que jamás las consultan.


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El concepto de violencia ambiental surgió para describir los daños sistemáticos que sufren territorios y comunidades a partir de actividades contaminantes, extractivas o de degradación ambiental. Sin embargo, cruzado con la perspectiva de género, aparece un fenómeno aún más complejo: la violencia socioambiental de género.

Las mujeres, las diversidades y las identidades feminizadas están sobrerrepresentadas en las economías del cuidado: cuidan la salud del hogar, el agua, los alimentos, la comunidad. Cuando un territorio se contamina, cuando un río se seca o cuando la producción agroecológica se vuelve inviable, esas tareas (ya invisibilizadas) se vuelven más pesadas y riesgosas. Esa sobrecarga no es un “efecto colateral”: es violencia estructural.

Por ejemplo:

  • Cuando falta agua potable, suelen ser mujeres quienes caminan más para conseguirla o quienes deben asumir más tareas domésticas.

  • Cuando se contamina el aire o hay fumigaciones, son ellas quienes cuidan a las personas enfermas sin reconocimiento económico ni institucional.

La degradación ambiental no impacta de forma abstracta: tiene género. Y esto se profundiza en sectores populares, donde los trabajos ambientales (cartoneras, recicladoras, productoras agroecológicas, cooperativistas) están sostenidos esencialmente por mujeres.


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En América Latina, las mujeres son históricamente protagonistas de las luchas socioambientales: defensoras indígenas que resisten proyectos extractivos, organizaciones barriales que denuncian basurales, fumigaciones o contaminación. Y no es casualidad: ellas están profundamente vinculadas al territorio como espacio de reproducción de la vida.

Pero esta participación activa también implica mayor exposición a riesgos. Informes de organismos internacionales muestran que las defensoras ambientales sufren no sólo amenazas y criminalización, sino también violencias específicas: violencia sexual, hostigamiento, persecución mediática basada en estereotipos, intentos de desprestigio sobre su rol comunitario o su vida privada.

La violencia contra defensoras ambientales es una de las caras menos visibles de la violencia de género. Y nombrarla es fundamental. Una sociedad que no protege a quienes cuidan el ambiente reproduce un modelo de desigualdad que atraviesa cuerpos y territorios.


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Los ecofeminismos, en todas sus corrientes, plantean una idea clave: no hay justicia ambiental sin justicia de género. La degradación del ambiente y la subordinación histórica de mujeres y diversidades no son procesos independientes; comparten raíces: la idea de que la naturaleza es un recurso infinito para explotar y que las mujeres pueden sostener trabajos invisibles sin reconocimiento.

El ecofeminismo comunitario latinoamericano denuncia la violencia contra los cuerpos como extensión de la violencia contra los territorios. Y propone reconstruir vínculos más respetuosos con la naturaleza desde prácticas que ya existen: la economía popular, la agroecología, las redes de reciclado, los sistemas comunitarios de cuidado del agua, los mercados de cercanía.

Prácticas impulsadas mayoritariamente por mujeres de sectores populares que no sólo garantizan alimentos, agua y cuidados en contextos adversos: también proponen nuevos modelos de desarrollo, más equitativos y sostenibles.


La crisis climática amplifica desigualdades. Las sequías afectan la producción de alimentos; los eventos extremos generan pérdidas económicas; la contaminación golpea más fuerte en hogares sin acceso a servicios básicos.

En este escenario, mujeres y diversidades enfrentan mayores riesgos por:

  • Mayor dependencia de recursos naturales para la vida cotidiana.

  • Menor acceso a tierra y recursos económicos.

  • Sobrecarga de cuidados ante enfermedades vinculadas al clima y la contaminación.

  • Mayor exposición a violencias durante desastres o migraciones ambientales.

La crisis climática no sólo incendia bosques o contamina ríos: también refuerza estructuras patriarcales. Por eso, incorporar la perspectiva de género en la planificación climática es urgente.


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Pensar la prevención de las violencias de género en clave ambiental requiere políticas públicas que integren ambas agendas:


Reconocer y fortalecer los trabajos ambientales feminizados:

  • Formalización y remuneración para recicladoras urbanas.

  • Apoyo técnico y financiero a productoras agroecológicas.

  • Compras públicas que prioricen cooperativas socioambientales lideradas por mujeres.

Reconocer estos trabajos es prevenir violencias económicas y simbólicas.


Participación vinculante en decisiones ambientales:

Ningún proyecto que afecte un territorio debe diseñarse sin las voces de las mujeres y diversidades que lo habitan.


Información accesible y perspectiva de cuidados:

Los sistemas de alerta por inundaciones, olas de calor o contaminación deben incluir la realidad de los hogares que sostienen cuidados.


Protección integral de defensoras ambientales:

Protocolos específicos, acompañamiento legal, canales seguros de denuncia y campañas de visibilización.


Urbanismo y servicios básicos:

Falta de agua, mala gestión de residuos o contaminación del aire generan más carga de cuidados para mujeres. Las políticas socio-ambientales deben ser políticas de igualdad.


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La prevención de las violencias de género no puede limitarse al ámbito doméstico. Las violencias estructurales (económicas, ambientales, territoriales) también condicionan vidas. Y muchas veces son el terreno donde crecen otras violencias más explícitas.

Por eso, este mes es una invitación a ampliar la conversación #PorUnMundoMejor. Hablar de género es hablar de ambiente.Hablar de ambiente es hablar de derechos.Y hablar de derechos es hablar de vidas dignas y libres de violencias.

Construir políticas públicas justas, proteger a quienes defienden territorios, reconocer los trabajos ambientales y promover modelos de desarrollo sostenibles no es sólo una agenda ambiental: es una agenda con perspectiva de género.

Porque sin justicia ambiental no hay justicia de género. Y sin justicia de género no hay futuro posible.


Bibliografía:

Ecofeminismos y teoría feminista ambiental

Mies, M., & Shiva, V. (1993). Ecofeminism. Zed Books.

Puleo, A. H. (2011). Ecofeminismo para otro mundo posible. Cátedra.

Salleh, A. (1997). Ecofeminism as politics: Nature, Marx and the postmodern. Zed Books.

Shiva, V. (1993). Ecofeminism. Zed Books.(Nota: aparece como obra individual, pero en muchos catálogos figura como coautoría con Mies; si es el mismo libro, podés dejar solo la referencia conjunta).

Violencias socioambientales y género

Cabnal, L. (2010). Acercamiento a la construcción del pensamiento epistémico de las mujeres indígenas feministas comunitarias de Abya Yala.

Falquet, J. (2014). Peleas, faldas y fusiles: Relaciones de género y poder. Ediciones Desde Abajo.

Observatorio de Defensoras de América Latina. (2020–2024). Informes sobre violencia contra defensoras ambientales y territoriales.(Al ser informes anuales, si querés, puedo separarlos por año.)

Svampa, M. (2019). Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. CALAS / Siglo XXI Editores.

Crisis climática con perspectiva de género

CEPAL. (2021). La autonomía de las mujeres en escenarios económicos cambiantes. CEPAL.

IPCC. (2022). Sixth Assessment Report: Impacts, adaptation and vulnerability. Intergovernmental Panel on Climate Change.

ONU Mujeres. (2022). Género y cambio climático: impactos, vulnerabilidades y herramientas de política. ONU Mujeres.

Economía del cuidado y economía popular

Carrasco, C. (2014). Economía feminista: Aportes conceptuales y debates.

Hintze, S. (2018). Economía popular y feminismos en América Latina.

Pérez Orozco, A. (2014). Subversión feminista de la economía. Traficantes de Sueños.

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